jueves, julio 24, 2008

Reduciendo emisiones, o como nada es gratis

No es fácil discutir con los escépticos sobre el cambio climático. Aparte de la clásica manía de exigir que el mundo conteste cualquier afirmación que hagan, sean desde la fuente que sea (obsoleta o no), lo cierto es que algunas de sus reservas para afrontar la crisis no dejan de ser ciertas. Lo que debería ser más preocupante para, muchas de esas objeciones no acostumbran a recibir respuestas honestas, a pesar que crean dilemas políticos que deben ser resueltos.

Estoy hablando, como no, de los costes. Reducir emisiones no es gratuito, y alguien va a acabar pagando la factura. Cuando se diseña un sistema para reducir emisiones, debemos tener en cuenta dónde van a recaer los costes, y evaluar si ese reparto es proporcional, progresivo o regresivo.

Si queremos ser precisos, sin embargo, al hablar de reducir emisiones más que hablar de "pagar" debemos hablar de "retirar subvenciones". El origen del problema, el motivo detrás del exceso de contaminación, es el hecho que hemos estado obviando su coste durante demasiado tiempo; de hecho, al no atender a este coste lo que hemos hecho es subvecionar a aquellos que contaminan (gracias, por cierto). No estamos hablando de "robar" dinero a base de impuestos; la intención es hacer que el coste de las externalidades entre dentro de los presupuestos de los agentes.

El punto de partida al hablar de estos costes, sin embargo, es que son bastante uniformes para la inmensa mayoría de la población. La cantidad de energía que consumimos (y carbono que emitimos) es relativamente similar según nivel de renta; el "mínimo vital" es bastante uniforme, con poco gasto adicional más allá de un coche o una casa un poco más grande (pero probablemente más eficiente) y una mayor propensión a viajar según se tiene más renta. Si cargamos el coste de la contaminación de forma uniforme, el efecto será seguramente ligeramente regresivo.

Hay tres diseños básicos al tratar de reducir emisiones: impuesto sobre emisiones a toda la economía, dar permisos de emisiones que pueden ser vendidos, o subastar permisos. El primer método es el más sencillo, y la verdad, probablemente el más eficiente. Es básicamente lo que hacemos en Europa con la gasolina: impuestos altos que pagan parte de las externalidades (o todas; no he hecho números), disuaden el consumo y hacen que la gente utilice el coche menos. Parte de los ingresos del impuesto se utiliza en políticas para compensar a los que tienen problemas para pagarlo; básicamente, en transporte público subvencionado.

Es un modelo que podría ser extendido a toda la economía, aunque seguramente sería atrozmente impopular. Los ingresos fiscales podrían ser compensandos reduciendo el impuesto sobre la renta para la gente con pocos ingresos, y subiendo las pensiones, así que su regresividad puede ser reparada en el lado del gasto. Aun así, no sé si hay algún político con los redaños para impulsar una reforma de este estilo.

Las otras dos opciones parecen similares, pero no lo son. El repartir permisos a los contaminantes es esencialmente una subvención a los contaminantes; se concede el derecho a llenar el aire de mierda de gorras a los que lo hacen ahora. El número de permisos en el mercado se irá reduciendo, así que las emisiones disminuirán, pero el coste de esta reducción caerá en los consumidores vía aumento de precios: sea porque las empresas tienen que comprar los permisos cada vez más escasos o invertir en contaminar más, los costes subirán y se reflejarán en los precios. Es el sistema que implementó la Unión Europea al principio, aunque debido al número excesivo de permisos emitidos, el efecto ha sido escaso tanto en emisiones como en precios. Es también la propuesta de McCain para EUA, cosa que no debería sorprender a nadie.

La subasta de permisos es de hecho una versión rebuscada del impuesto sobre el carbono, con un efecto básicamente idéntico según el nivel de permisos. Es mucho menos transparente que un impuesto general, algo que es básicamente horrendo al diseñar un sistema fiscal, pero es un poco más flexible, ya que permite la compraventa de permisos. No es un sistema especialmente elegante, pero es muy superior al reparto gratuito: el coste de las emisiones recae sobre todos los actores por igual -más o menos- y el estado obtiene recursos para proteger a los perdedores. Es la propuesta de Obama para EUA, y lo que tiene en mente la Unión Europea para los próximos años; un plan decente, pero no ideal.

Resumiendo: si queremos resolver el cambio climático, nos podemos olvidar de lanzar basura al aire libre sin pagar; nos va a costar dinero. Tenemos que tomar la decisión sobre cómo lo hacemos con cuidado.

2 comentarios:

Gulliver dijo...

La verdad es que el sistema de la UE es horrendo. Si alguien quiere montar una nueva industria, no tiene derechos de emisión gratis porque su historial de contaminador es cero. Tendrá que comprar derechos a la competencia en el mercado de emisiones.

Es un modo de premiar a las industrias que hace tiempo que se han hecho con su trozo de pastel y castigar a los nuevos emprendedores.

So much for free economy. Desde luego la mano del lobby industrial en Bruselas es larga.

Anónimo dijo...

Aunque no soy escéptico, a decir verdad coincido con algunos en que el cambio climático ha servido más como pretexto para priorizar la reducción de emisiones de carbono sobre la reducción del consumo energético. Véase cómo propuestas quiméricas como el atrapamiento de carbono para la industria de carbón (siendo que la industria es sucia en muchas más partes que el humo) o el hidrógeno (sólo genera vapor de agua, sólo que hace falta energía de dudosa procedencia para generar hidrógeno) cobran relevancia en el contexto de bajas emisiones.