sábado, diciembre 01, 2007

El dilema del fracaso superlativo

De todos los problemas existenciales a los que se puede enfrentar un economista, no hay ninguno que les atemorice más que una enfermedad grave en una entidad demasiado grande del sistema financiero. Cuando un banco con demasiados depósitos, demasiados productos, demasiadas conexiones, demasiadas ramificaciones en todo el mercado se tambalea, las autoridades económicas deben decidir si deben dejar el mercado penalizar la incompetencia, o bien deben evitar que la caida de un banco mal dirigido corra el riesgo de hacer daño a terceros.

En la jerga del sistema a esto le llaman "too big to fall", demasiado grande para caer, y lo cierto es que la metáfora tiene sentido. Imaginemos una situación en que un banco vive en una pequeña ciudad. Es un banco benigno; da intereses decentes, cobra pocas comisiones, da préstamos a quien los necesita y apuesta por las inversiones que lo merecen. Como todo banco simple, ideal e idílico, el dinero para préstamos e inversiones viene de los depósitos de sus clientes, y los intereses que reciben los ahorradores se derivan de los que le banco cobra a quienes han pedido préstamos.

El banco está dirigido por gente experta, que aprecia una buena idea cuando ve una. Si un proyecto es bueno y dará dinero, el banco lo financia; si una casa es bonita y el comprador puede permitírsela, el banco concede la hipoteca. Para la economía local, eso es bueno; la gente puede montar fábricas, tiendas y negocios que hacen dinero y crean puestos de trabajo, las casas se compran y las cosas mejoran pasito a pasito.

Supongamos, sin embargo, que el banco tiene un problema, un escándalo. Algo como que el director le dio una hipoteca sin cobrar intereses al alcalde, se fue a las Bahamas con el dinero de sus clientes, o (coincidencia) dio un montón de hipotecas a gente que no se las puede pagar, mientras los precios de la vivienda baja. De repente, los clientes del banco se asustan. Los ahorradores se escandalizan. Y todos corren a sacar el dinero de su cuenta, aterrados. Pánico bancario. El banco pierde depósitos, suda tinta, y sobrevive por los pelos, sólo manteniéndose con vida a base de ruegos y prometer un interés más generoso a los ahorradores que no se largan.

Los efectos en la economía local no se hacen esperar. El banco sigue vivo, pero a costa de tener que pagar mayores intereses a quien le "presta" dinero en sus depósitos. Para que le cuadren las cuentas, ahora deberá extender crédito con más cuidado, cobrando intereses más altos, y vigilando de forma mucha más seria que ese dinero que pone a disposición de los inversores genere la riqueza suficiente para ser devuelto.

Para un inversor, esto es un problema. Si mi idea era montar un fábrica de gnomos del jardín que me daría un beneficio del 10%, el hecho que el banco me pida un 9% de interés en vez de un 7% me pone en una mala situación. Una inversión es un riesgo, un dolor de cabeza importante; si con el crédito que estoy pidiendo sólo voy a acabar ganando un 1% (en vez del 3% que me ganaría antes de la crisis bancaria), puede que me replantee seriamente montar mi fábrica. El banco probablemente tampoco me iba a prestar dinero, ya que un margen estrecho es un riesgo importante, así que los gnomos de jardín no se fabrican.

Aquí tenemos el problema. El bravo industrialista potencial no podrá crear su sueño de gnomos de jardín. Esto tiene un efecto en la economía en general: puestos de trabajo no serán creados, maquinaria nunca será comprada, gnomos nunca serán fabricados. En esencia los problemas del banco están afectando a gente que no tienen ninguna culpa de la incompetencia del banquero; de hecho habrá empresas que lo tendrán más difícil para competir sencillamente porque su banco local les pone las cosas difíciles cuando piden créditos para comprar más maquinaria. El mercado de los gnomos del jardín no está decidiendo si gano o pierdo dinero; la salud de mi banco es quien está determinando mi fracaso.

En cierto sentido la economía de Estados Unidos se está enfrentando a este problema a escala nacional. El origen de las dudas siguen siendo las hipotecas basura, pero los "prestamistas" a los bancos son otros bancos, y los títulos de deuda tóxicos están dando tumbos más o menos escondidos por los mercados, emergiendo con muy mala leche en las cuentas en formas de pérdidas cuando menos te lo esperas. Si los bancos tienen problemas graves para conseguir dinero que prestar, conseguir un crédito para algo útil es cada vez más difícil.

El problema para las autoridades, claro está, es que los bancos están en un rincón ahora, poniendo cara de perrito triste y diciendo que si no les salvan el culo a ellos, se llevarán la economía entera por delante. Es ahora cuando toca hacer encaje de bolillos, y encontrar una forma de eliminar esta incertidumbre que está pudriendo el sistema sin que eso signifique dar un cheque en blanco a los bancos para que puedan hacer el mandril sin miedo después del rescate. Lo dicho, un horror. Y más en un mundo en que los ejecutivos de los bancos se las arreglan para cobrar millones de dólares vayan las cosas bien o mal.

¿Quién dijo que la economía no es divertida?

1 comentario:

Golias dijo...

En relación con esto, es ilustrativo el caso de Baring Brothers; en particular, cómo fue salvado en su día (el Pánico de 1890) por la intervención estatal, después de haberse comprometido hasta el cuello en asuntos de deuda externa latinoamericana. Luego no lo salvaron cuando la volvieron a cagar hace unos años; sin embargo, sí que le han dado un balón de oxígeno a Norther Rock.

El artículo de la Wikipedia sobre Barings tiene bastante buena información al respecto.