miércoles, octubre 19, 2005

El (segundo) oficio más antiguo del mundo

Es bien conocido que que los políticos no son especialmente populares entre la población en general. Aunque esto hasta cierto punto es bueno, me gustaría sumarme a lo que decía Manuel ayer en un post muy acertado en su bitácora.

Se les critica mucho, se habla muy mal de ellos, pero realmente se tiene que estar chiflado para ser político. He tenido la suerte (o la desgracia) de ver algunas veces cómo funciona la maquinaria desde dentro; tengo algunos conocidos que están temerariamente metidos en política, incluso. Y lo que dice Manuel, de días de 16 horas, sin fines de semana, inacabables reuniones, vivir perseguido (y persiguiendo) periodistas, siempre necesitando más información de la que tienes, siempre pendiente de doce llamadas de teléfono, eso existe, y no es precisamente divertido. Lo cierto es que no hay coche oficial (que por cierto, lo tienen pocos) o salario que compense las horas y la locura que comporta estar metido en ese mundo.

Y eso hablando de la segunda linea; asesores, jefes de gabinete, secretarios de estado, diputados no demasiado relevantes. Para los políticos de los que conocemos sus nombres, especialmente si están en el gobierno, es aún peor. Un discurso tras otro, escuchar miríadas de gente pidiendo cosas, dar más vueltas por el país que una peonza, y eso en un día bueno. Hablar de crisis, periodo de urgencia, o cualquier cosa un poco seria, y uno puede olvidarse de sueño, familia o vida en general, y además sigue sin poder partirle la cara al enésimo periodista irritante.

Sé que sonará fácil, pero echad un ojo a "El Ala Oeste de la Casa Blanca". Si bien la serie muestra una política un poco idealizada (al fin y al cabo, el presidente tiene un premio Nóbel), la locura de las agendas, compromisos, berrinches y fustraciones que acompañan la vida de un político están allí, a veces muy bien retratadas. En la última temporada (sexta), que estoy disfrutando de estreno (algo bueno tiene vivir aquí), se centran en un periodo de locura aún mayor, una elección presidencial, y la verdad, aún se quedan cortos.

Es un trabajo de locos, realmente; se tiene que estar bastante chiflado. Hay gente magnífica, hay imbéciles y hay cretinos, como en todas partes, pero se tiene que reconocer su labor.